• Stella Marís Taboro 

 

 

 

Sólo pude.

 

 

Como un viento generoso,

sin dudas, ni impaciencia,

hubiese alzado las semillas,

de aquel árbol del sendero estrecho,

para hundirlas en el suelo casi escarchado,

en la tarde con voces de niños jugando,

antes que el coqueteo , de las estrellas en lo alto,

distraiga el sueño de un sembrador frustrado.

Como un picaflor, hubiese quedado prendido

en el corazón de una campanilla .

Pero en un húmedo recodo de tu cuello lujurioso,

sin dudas ,ni impaciencia,

cuando el coqueteo de las estrellas

embriagaba a nuestras sombras,

tan sólo pude prender en tu cuello

una rosa roja exuberante,

como rojizos amaneceres .

 

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Las manos de mi abuela

 

 

Son lentos los surcos profundos,

campos desértico del anochecer,

fríos y ásperos pliegues ,bordeando las acequias,

de rumbos andados en suaves y frescos

despuntares del alba,

en errantes senderos de emblemas inciertos .

Frondoso el viento

prendió en tu arena atardecida,

marcando cauces secos , de un río antiguo.

Enormes como astros encendidos,

estelas de luz intensa,

la belleza que relata tus andares

desde los profundos y áridos surcos

que con fuerza han prendido .

 

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Herida

 

 

Sangrante tu ala buscó refugio.

Cántaro de agua tu arrullo agotado,

en el certero derribar

halló una morada de ternura.

Si tocar el cielo tus alas quisieron.

¿Por qué el relámpago hiriente

fue cuchillo al viento

hundido en tu ala?

¿Por qué quebraron

el dulzor de tu libre vuelo?

Desolado nido tal vez lejano,

llora el frío que ahora siente.

Tu gemido ahogado recoge,

una túnica de paciencia

en las manos de mi hermana.

No será el sol que bordeó tus plumas,

será nacarado amor ,

salvándote del crujiente acecho.