Volviendo a las andanzas

 

 

 

 

Ay ¡qué suerte que la gorda me perdonó! Otra vez, todo a la normalidad. Otra vez, a las andanzas.

En la panadería de la esquina, habían tomado una empleada nueva. Una petisa que explotaba. Encima, le gustaba la joda. ¡Cómo le gustaba la joda! El primer día nomás:

 

            -Hola, qué tal –le digo impostando mi voz, de por sí seductora.

 

            -Cómo andás, rico. ¿Qué vas a llevar? – me dice, levanta una bola de fraile del suelo y la pone nuevamente en la bandeja.

 

            Cómo andás, rico!!! ¡Qué hija de puta! Pensé. Está regalada.

 

            -Medio de flautitas, porfi – le digo guiñándole el ojo. Para demostrarle que había entendido la indirecta.

 

            -Si podés esperar unos minutitos, está por salir una bandeja calentita –me dice limpiándose las uñas con la punta de la pinza pa’ agarrar las faturas.

 

            Ese detalle, me impresionó.

            -¡Qué limpita que sos! Le digo.

 

            -Ah, sí- me dice-. Podré tener mil defectos. Pero que soy limpita, soy limpita.

 

            -Y, sí – le digo-. Es lo mejor. Hoy en día, con todas las pestes que andan dando vuelta. Hay que estar prevenido.

 

            -Ay, ¿sabés que? – me dice

 

            -¿Qué, preciosa? – le digo y apoyo el codo en el mostrador, como pa’ acercarme un poco, vieron.

 

            -Qué suerte, encontrarse con un tipo así, como vos. Tan profundo. Se ve a simple vista que sos un hombre de mundo. Que sabe bien lo que quiere.

 

            -Y, síííí – le digo-. Y vos, se nota que sos una mujer, que sabe reconocer a un buen partido, cuando lo tiene frente a sus ojos.

 

            -Señorita –se metió una vieja que estaba atrás mío-. Podría acelerar un poco el trámite, que se me quema el puchero. Deje la tertulia pa’ cuando salga del trabajo, por favor.

 

            -Momentiiiito, señora. ¿No ve que estoy atendiendo al caballero? Un poco de paciencia. No se puede andar por la vida así, tan apurada. ¿Quién la corre? –le dice la chica nueva y asiente con la cabeza como diciendo: Se lo dije. Tomá. Mierda.

 

            -No me corre nadies. Pero se me llega a quemar el puchero otra vez, mi marido me faja. Así que, ‘puresé, por favor. 

 

-¿A qué hora salís? – le pregunto ignorando a la vieja y sacando una lata de cerveza del bolso.

 

-A las ocho, ¿por qué? – me dice mirando para otro lado, haciéndose la disimulada.

 

-No, preguntaba nomás. Si no tenés nada que hacer, a un par de cuadras de acá, un amigo tiene un bar. Prepara un cinzano con mansises, pa’ chuparse los dedos. Si te apetece…

 

-Ay, no sé. Vas a pensar que soy una cualquiera.

 

-No, por favor. ¡¿Cómo voy a pensar eso?! Si a simple vista se nota que no lo sos. Y tampoco te vas a creer que yo invito a salir a cualquiera, eh.

 

-Ay, bueno. En realidad, muero por tomarme un vermú bien frapé. Y si es con semejante compañía, más mejor todavía. Esperame en la esquina de la carnicería, a las ocho y cuarto.

 

-OK. Ahí nos veremos, entonces.

 

 

 

De más está decir, que toda marchaba sobre ruedas. El único problema era con que excusa salir de casa a esa hora. Sobretodo, ahora, que de a poquito la gorda iba recuperando la confianza en mi. Pensaba y pensaba, pero no se me ocurría nada. Y ya eran las siete y media. Pero, cuando ya me la estaba viendo negra, Edelmira me la dejo servida en bandeja.

 

-Che, ¿qué cuenta el Jorge que hace mucho que no lo veo? Desde que se peleó con la chiruza esa que andaba, no lo vi más.

 

-Callate, ni me hablés –le digo poniendo mi mejor cara de circunstancia.

 

-¿Por qué? ¿Qué pasó?

 

-Me mandó un mensaje hace un rato, a ver si no podía ir a charlar un rato, que estaba para atrás, con esto de la novia. Ni en pedo. Que me dejé de romper las pelotas.

 

-No seas guacho, Juanca. Andá un rato. Él siempre te banca a vo’. ¿O no?

 

-Sí, ya sé. Pero no tengo ganas. Tenía ganas de quedarme acá con vo’, tranqui, mirar una peli y después ya sabés.

 

-Ah, jajaj. Picarón. Si a mi también me gustaría. Pero bue, lo dejamos pa’ mañana. Andá un rato. Pobre Jorge.

 

            -Uffffff. OK. Pero que conste que lo hago por vo’ nomás.

 

            ¡No te mueras nunca, Juanca! Pensé. ¡Qué capo que sos! ¡Animal!

 

 

 

            Bueno, un problema menos. Lo que sí, me vestí discretito pa’ que la gorda no sospechara. Camisita, vaqueros y zapatillas. Listo.

            Ocho y cuarto llegué a la esquina. La peti ya me esperaba, chiflando “Cambalache”. ¡Cómo me calientan las minas que saben chiflar!

 

            -Hola bombón –le digo-. ¿Esperás a alguien?

 

            -Ah, pero, qué churro te me viniste. No dejás de sorprenderme.

 

            -Ok, ok. No perdamo’ tiempo.

 

            A los dos minutos, estábamos en el bar de mi amigo.

            -Cachito, querido. Traete dos cinzanos con soda y un platito con ingredientes por favor.

 

            ¡Cómo le gustaba el chupi a esta cristiana! Se lo tomó como si fuera agua.

 

            -Ahhhh. ¡Qué rico que estaba! –dijo y se limpió el bigote con la manga de la campera.

 

            Entre otras cosas, me contó que tenías dos pibes, pero que la hija de puta de la madre le había sacado la tenencia.

 

            -No, me esplico por qué – le digo-. Si sos una chica de diez: trabajadora, honrada. ¡Qué hija de puta!

 

            -Y bue’, que le vamo a hacer. Pedite otro vermucito que tengo una sed bárbara.

 

            Resumiendo, diez cinzanos más tarde, ya me estaba hinchando las pelotas. Me contó de los 150 tipos que habían andado con ella, pero ni siquiera  una uña había podido tocarle.

 

            -Sabés qué. Ya me cansé del vermú. ¿Por qué no te pedís un shampú?

 

            -¿Un qué? –le pregunté sorprendido. Yo ya tenía un pedo que no veía.

 

            -Un shampucito. Dale, no seas laucha.

 

            -Pero vos estás en pedo. ¿Qurés tomar champán? Pedís más de lo que valés. Si querés tomar chmapán, lo tomamo’ en el telo –le digo, sin poder disimular la calentura que tenía.

 

            -Pero, ¡¿vos qué te pensás?!  ¡¿Qué me vas a comprar con 3 ó 4 vasitos de vermú?! Tas en pedo vo’!!! Andate a la concha de tu hermana, pajero.

 

            -Ah, pero qué bonito. ¡Qué educada que sos, eh! No sé porque te ponés así, por tan poca cosa. Te llego a tocar una teta, me encajas cinco tiros.

 

            -Me llegas a tocar una teta, te corto la mano, hijo de re mil putas.

 

            La cuestión, que como les decía, nada de nada, puro bla bla. Y lo peor del caso es que le debo 150 mangos a Cacho. Al pedo, al re contra pedo.

 

            Cuando llegue a casa, Edelmira salía de la ducha y como siempre, estaba bien predispuesta pa’ la chanchada. Y como bien dijo no sé quien: A falta de jamón, chupate los dedos con la mortadela.